Diego Galán, de Consuegra

6 09 2011

En las noches, inquietas y asfixiantes, del verano toledano, en la colación de Santa Justa y Rufina, Diego Galán contaría a un auditorio estupefacto sus padecimientos como soldado, sus experiencias como cautivo en Argel o Estambul, los fracasos de su intentos de huida, la fuga última hasta llegar a Nápoles y el recorrido de un año para recalar en Toledo.

Mientras esto sucedía en las noches agobiantes de esa ciudad intranquila y desorientada, en los ambientes intelectuales, (religiosos y civiles), se urdían conspiraciones para liberar a España de la decadencia a la que estaba abocada con el nefasto gobierno de Felipe II. Se soñaba -sueño disparatado, aunque esa pueda ser la esencia de los sueños- con el traslado de la sede de Pedro desde Roma a Toledo. Se esquivaba, como se podía, la Inquisición, cada vez más dedicada a perseguir discrepancias políticas. Román de la Higuera perpetraba su falsificada historia sobre la Iglesia toledana; Esteban de Garibay, por algún tiempo vecino de Toledo, armaba su “Compendio” de Historia y Pisa, siguiendo los pasos de Alcocer, conocía el éxito de la Historia de Toledo.

Ambos acontecimientos –y otro más– ocurrían en el último cuarto del siglo XVI, en Toledo. En ese final de siglo, -abstracto hasta llegar al surrealismo- en la ciudad se mezclaban los relatos de esclavos liberados, las idas y venidas de exploradores y conquistadores, los manejos de los comerciantes, las visiones de profetas aficionados, lasa teorizaciones colectivas, con la confusión ante un futuro impreciso y complejo. Síntomas inequívocos de fin de ciclo.

Diego Galán, hijo de Pedro Galán y de María Escobar, residentes en Consuegra, en el año 1589, a los 13 o 14 años abandonó su pueblo para ver el mundo, “sin fundamento ni consideración de adónde iba”. En su recorrido hacia ese mundo ignorado cruzó por Sierra Morena. Atravesándola se encontró con otro muchacho de parecida edad y semejantes inquietudes, procedente de Fuensalida, que dijo llamarse Felipe. Ambos, haciéndose compañía, se encaminaron, primero, a Jaén, y después, a Málaga.

En esta ciudad, mientas vagaban por el puerto, fueron engañados para alistarse como soldados con destino a Orán. Iniciaba de esta manera su aprendizaje, pero también un descubrimiento utilitario: que proceder de Toledo era una garantía para moverse por el Mediterráneo. Toledo no era puerto de mar, pero si una referencia política y económica ineludible de los dominios de la corona española. Viajar desde Toledo por los lugares y las islas que circunda el mar Mediterráneo era como estar en casa. En todos los puertos y ciudades había gentes relacionadas con Toledo. Por eso era más fácil encontrar a alguien, converso o no, dispuesto a hacer la vida de un esclavo más llevadera. Eso, y una confianza sin límites en Dios.

Nada más embarcarse para Orán, Diego Galán contrajo tercianas que lo llevaron al límite de la muerte. En su semiinconsciencia escuchará como, cuando los compañeros, piden al pagador que lo desembarque, este se niega y exclama: “si se muere, échenle al mar”. La fe en Dios, el recuerdo de sus padres y una naturaleza generosa actuarán como medicina sorpresiva para que, inexplicablemente, supere la enfermedad. No evitarán, sin embargo, que sea capturado por galeras de corsarios moros y que sea llevado al mercado de esclavos de Argel. Allí, aparte de exhibirlo durante varios días en plazas y zocos, lo intentarán convencer para que se convierta a la religión de Alá, como estrategia de supervivencia. Diego Galán, al contrario que su compañero Felipe, se negará reiteradamente, lo que le supondrá malos trabajos y peor trato. Felipe, el mozo de Fuensalida, llamado de converso Mostafá, murió torturado.

La única preocupación de un esclavo se debe centrar en dos factores: sobrevivir a los trabajos, las palizas, las torturas y la estancia como remero en las galeras y disponer de fe suficiente en Dios para intentar huir tantas veces como sea posible. Quien se resigne, se adapte o se convierta al islamismo, fácilmente morirá. El resto –los resistentes– también morirán, pero, de entre ellos, alguno sobrevivirá.

En uno de los primeros intentos de huida, Diego Galán fue apresado por una delación. Se libró de la tortura de milagro: “luego mandó que me desnudasen y desnudo, con sólo los valones de lienzo, me tendieron en el suelo boca abajo y me ataron a cada mano y a cada pie un ramal de cordel, y llamaron a cuatro cautivos para que tirase cada uno de su cordel, que no me pudiese mover con los azotes que habían de dar”. Un renegado, invitado del bajá, tuvo piedad de él y, sin recibir ni un solo azote fue comprado por el equivalente a unos trescientos escudos de España.

Hay que imaginarse lo que serían aquellas calurosas noches en las que unos agitados vecinos de los barrios de Santa Justa escuchaban las historias de lugares desconocidos, de proezas en el mar, de riquezas, de huidas y fracasos. O escuchar a Diego Galán contar las maravillas de Estambul, comparadas con Toledo. “Vistosísima –dice en algún momento– por las mezquitas que tiene tan suntuosas, con sus torres muy altas, todas con tejados de plomo y, en los remates, bolas doradas. Tiene muchos jardines y gran cantidad de cipreses…tiene más de treinta puertas….tiene esta ciudad unas lonjas… que son como alcaicerías cerradas, con sus puestos forrados de hierro y con guardas de noche, adónde están las tiendas de mercaderías más estimadas…”

La belleza del Estambul de entonces y las fugas de Diego Galán serán objeto de otra narración. Por ahora, baste saber que, ya en Toledo, como anónimo narrador y escritor, vivió hasta el año 1648. Fue enterrado, según consta en una nota del siglo XVIII, en la Magdalena, por ser año de pestilencia y no caber los cuerpos en la iglesia de Santa Justa. Se produjo la inhumación el 5 de junio del mencionado año.

Artículo de Jesús Fuentes Lázaro para ABC.es


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